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Una batuta con duende Budapest Festival Orchestra

Fecha y lugar. 30/08/11. Auditorio Kursaal. Donostia. Intérpretes. Nikolaj Znaider (violín), Budapest Festival Orchestra, Ivan Fischer (director). Programa. J. Brahms (Danzas húngaras, nº 7 y 10 y Concierto para violín y orquesta en Re Mayor, Op. 77), Dvorak (Sinfonía nº 8 en Sol mayor, Op. 88). Incidencias. Znaider ofreció como bis Sarabande de J. S. Bach, y la Orquesta Gymnopedie nº 1 de E. Satie y la polka Im Krapfenwald de J. Strauss. Los bises fueron presentados por Fischer en un perfecto euskera con la esperada salva de aplausos. Asistió al concierto la pianista georgiana Elisabeth Leonskaja.

Mereció la pena esperar hasta la recta final de la Quincena para disfrutar con la Orquesta del Festival de Budapest y, sobre todo, de su titular, Ivan Fischer. La formación fundada por él hace casi 30 años goza de una salud envidiable, fruto de la exigente selección de los músicos que la componen. Lo demostraron a lo largo del intenso concierto del martes, en el que Fischer quiso hacer brillar a cada sección orquestal de modo específico. Para ello, colocó a los contrabajos justo en la parte central y superior del escenario, detrás de las maderas. Por su parte, los metales -trompas por un lado, trombones, tuba y trompetas por otro-, hicieron que las filigranas sonoras se repitieran una y otra vez en cada una de las obras interpretadas, lo cual redundó de manera positiva en el brillo de la cuerda en su conjunto.
Fischer transmitió algo más que la ejecución musical propiamente dicha, más bien consiguió que hasta la grada llegase el buen feeeling que mantiene con sus músicos. Su batuta, exigente, dinámica, ágil, comulgó con la orquesta desde las danzas húngaras iniciales hasta la intensa Octava de Dvorak, con un Adagio lleno de contrastes, contraponiendo los golpes de metales a la serenidad de una homogénea cuerda.

Cierto es que no siempre imperó el lado más técnico. La impulsividad del maestro se dejó notar en más de una ocasión, dejando patentes pequeños desajustes -sobre todo en los cambios de tempo- que quedaron en categoría de anécdota. Fue durante el Concierto para violín y orquesta en Re Mayor de Brahms cuando más se notaron esos impulsos, debido en buena manera al magnífico trabajo del violinista danés Nikolaj Znaider. Su versátil versión sonó estupenda, con un dominio total del instrumento, sorprendiendo el tempo empleado en el Allegro gracioso, ma non troppo vivace, en el que Fischer puso la orquesta a la disposición del lucimiento del solista.

Fue uno de esos conciertos en los que se nota que hay un duende especial, que llega al público; una cita en la que lo que cuenta, además de una buena interpretación, son las sensaciones que los artistas arrancan desde el escenario, y eso es algo que se agradece.

Inigo Aebiza-Jueves, Notizias de Gipuzkoa