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Iván Fischer - Mahler- Sinfonía No.2

La Quincena despidió ayer su 72 edición con un concierto de altísimo nivel a cargo de la Budapest Festival Orchestra, que se reafirmó como la más perfecta agrupación sinfónica de las que han visitado este año el festival. Todas las cualidades mostradas en su primer programa de anteayer volvieron a ser evidentes anoche en un encuentro de impecable factura y casi inhumana pulcritud.

Los que habíamos escuchado al conjunto húngaro en su primer concierto no teníamos ninguna duda de que íbamos a disfrutar de una extraordinaria velada y realmente así fue, en esta ocasión con partituras de dos autores que han tenido gran presencia esta edición, Liszt y Mahler.
Dos piezas breves, pero con importantes atractivos sirvieron de especie de acertada introducción a los trabajos de mayor envergadura de estos compositores, que la orquesta iba a elaborar posteriormente. El ‘Mephisto’ de Liszt fue abordado con una energía impropia de una orquesta de tanta experiencia, calidad y trayectoria. Puede ser que el origen marque, porque le sacaron chispas. ‘Blumine’ de Mahler contó igualmente con una interpretación acertada en estilo y un moderado espíritu romántico, adecuado a su escritura y carácter.
El Liszt más conocido llegó con su ‘Concierto para piano y orquesta nº 1′, una obra que al igual que otras muchas del creador húngaro, parece estar escrita para echar un pulso con las capacidades técnicas, sonoras e incluso físicas del solista. De espíritu romántico, pero de gran pirotecnia, encontró un vehículo más que preparado para darle forma en Dejan Lazic. No hubo una sola fisura, ni pudimos encontrar titubeos en su nítida y locuaz lectura, subrayada por una orquesta poderosa y siempre atenta a la extraordinaria batuta de Ivan Fischer.
Mahler fue un goce de principio a fin. Creo que nunca he escuchado a unos metales tan redondos en su ‘Titán’, donde les impone verdaderas diabluras técnicas y tímbricas. Pueden imaginar el nivel del concierto si les digo que ni la precisión, la limpieza y el sonido de todas las secciones de la orquesta, ni los colores del conjunto o su empaste, ni las imposibles dinámicas desde los ‘pianissimos’ más arriesgados hasta los brillantísimos tutti fueron lo mejor. Fue la suma de todo, coronado por un apoteósico final.

María José Cano, Diarovasco.com